En un primer plano obvio, Pessoa exploró el fracaso
Con lo más osado y libre de su imaginación.
Le cambió tantas veces de signo, como le fue posible
Lo pulió hasta la exquisitez más atroz
Lo consagró como un altar siempre cambiante e inexorable
Y como una piedra al pozo se dejó caer en él hasta la muerte.
Ahí
Su nada se volvió fuego en el aire
de los libros y los sueños
La paradoja suprema de Occidente
El pesimismo más fértil del Planeta.
Un solitario y nimio rayo de Luna
que deslumbra como un Sol al mediodía.
En un punto del mundo estoy vivo. Sé que estar vivo es un esplendor, un estallido de conciencia asumiéndose a sí misma. Es la Aventura Primigenia. La que acompaña a los procesos cósmicos. De eso se trata estar vivo. De verdaderamente saberlo. Este pasmo inicial que fue nacer, en mí, se fue convirtiendo en deslumbres y terrores múltiples. La ancestral lucha de la concienia del Ser, por autoafirmarse frente a Poderes infinitos que prolaman su nada. Todo eso. Y la Presencia Omnipresente del Padre.
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