No se tiene, más que en apócrifo el rostro de Cervantes
Y el saberlo confirma el desinterés que siempre has sentido
Por ese hombre que mira de reojo y no es Cervantes.
Miguel sabía reírse. Pero atención, de una forma distinta
A como se carcajea el hombre que preserva con orgullo
Su porción de bruto. No, Cervantes descubrió
una dulzura y un placer que nacen del infortunio
que se llama vida humana; que se llama nacer y ser pobre
que se llama ser noble y ser traicionado; que se llama
ser valioso y ser tratado como paria; que se llama ser inteligente
más aún, ser un genio y que todos se burlen en tu cara.
Todo esa amargura descomunal -no olvidemos sus cinco años y
Medio de esclavo en Argel- la supo transmutar en refinamiento
Sabio y en dulzura sonriente, es decir: en humorismo. Y al hacerlo
Inauguró un camino de luz para los hombres de Occidente.
En un punto del mundo estoy vivo. Sé que estar vivo es un esplendor, un estallido de conciencia asumiéndose a sí misma. Es la Aventura Primigenia. La que acompaña a los procesos cósmicos. De eso se trata estar vivo. De verdaderamente saberlo. Este pasmo inicial que fue nacer, en mí, se fue convirtiendo en deslumbres y terrores múltiples. La ancestral lucha de la concienia del Ser, por autoafirmarse frente a Poderes infinitos que prolaman su nada. Todo eso. Y la Presencia Omnipresente del Padre.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario